Presencia Sacramental – ¿Por que Jesús se entrega como comida y bebida?

La presencia sacramental es un acto de amor y la manera como Cristo resucitado quiso quedarse para siempre en su Iglesia. La “Eucaristía hace a la Iglesia”, reza un texto del magisterio. La celebración de la Eucaristía se diferencia de cualquier otro culto, porque de esta forma recordamos el sacrificio de Cristo, donde Él se hace presente de manera real en las especies del pan y del vino, no como un simple recuerdo, sino como la actualización de su pasión, muerte y resurrección.

Si recordamos un poco en el Antiguo Testamento vemos Los sacrificios que se hacían con derramamiento de sangre, como una ofrenda agradable a Dios. Afortunadamente esto ya pasó, porque Cristo se entregó en un único sacrificio que luego hacemos presente en la Eucaristía. El signo que hace Moisés de rociar sangre de cordero sobre su pueblo, es el anticipo de lo que será la nueva alianza que, como se lee en el Éxodo, “el Señor ha hecho con ustedes, conforme a las palabras que han oído”.

La Eucaristía no es un invento de la Iglesia, pues tanto la tradición bíblica como la apostólica dan testimonio de la manera como Jesús, antes de su muerte, nos deja su testamento: “Tomen: esto es mi cuerpo (…) ésta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos”.

Presencia Sacramental

Presencia Sacramental

Partir el pan era uno de los distintivos de la primera comunidad cristiana. Es de gran ayuda recordar que la Eucaristía ha recibido diversos nombres que indican su riqueza: Cena del Señor, fracción del pan, memorial, sacrificio de Cristo, sagrada comunión, acción de gracias, sacramento de amor, entre otros. La denominación más popular es la de “Misa”, del verbo missio, enviar, una expresión de gran contenido y que indica que la liturgia, en la que se realiza el misterio de salvación, se termina con el envío a anunciar y a dar testimonio de la buena nueva.

La Eucaristía no es un acto piadoso, ni un acto de simple cumplimiento, es un sacramento que nos compromete a vivir como hijos de Dios. Eso significa comulgar.

Presencia Sacramental – Jesús se entrega por amor

Jesús se da a nosotros como alimento espiritual en la Eucaristía porque nos ama. Todo el plan de Dios para nuestra salvación está dirigido a hacernos partícipes de la vida de la Trinidad, la comunión del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Empezamos a participar en esta vida con nuestro Bautismo, cuando, por el poder del Espíritu Santo, nos unimos a Cristo, y nos convertimos así por adopción en hijos e hijas del Padre. Esta relación se fortalece y acrecienta en la Confirmación, y se nutre y profundiza mediante nuestra participación en la Eucaristía. Comiendo el Cuerpo y bebiendo la Sangre de Cristo en la Eucaristía llegamos a unirnos a la persona de Cristo a través de su humanidad.

“El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él” (Jn 6:56). Al estar unidos a la humanidad de Cristo estamos al mismo tiempo unidos a su divinidad. Nuestra naturaleza mortal y corruptible se transforma al unirse con la fuente de la vida. “Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí” (Jn 6:57).

Al estar unidos a Cristo por el poder del Espíritu Santo que habita en nosotros, nos hacemos parte de la eterna relación de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Como Jesús es por naturaleza el Hijo eterno de Dios, así nosotros nos hacemos hijos e hijas de Dios por adopción mediante el sacramento del Bautismo. Mediante los sacramentos del Bautismo y la Confirmación (Crismación), nos convertimos en templos del Espíritu Santo, que habita en nosotros, y al habitar en nosotros, somos ungidos con el don de la gracia santificante.

La promesa última del Evangelio es que participaremos de la vida de la Santísima Trinidad. A esta participación en la vida divina los Padres de la Iglesia la llamaron “divinización” (theosis). En esto vemos que Dios no simplemente nos envía buenas cosas desde el cielo; por el contrario, somos introducidos también a la vida interior de Dios, a la comunión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En la celebración de la Eucaristía (que significa “acción de gracias”) damos alabanza y gloria a Dios por este sublime don.

Ama: Gracias, Señor, porque en cada Eucaristía renuevas mi vida y la de la Iglesia.

Actúa: “La Eucaristía es la fuente y, al mismo tiempo, la cumbre de toda la evangelización, puesto que su objetivo es la comunión de los hombres con Cristo y, en Él, con el Padre y con el Espíritu Santo” (Concilio Vaticano II).

Con afecto. Hno. Victor

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