Predicar La Palabra En El Ministerio Sacerdotal ¡EL GRAN DESAFIO!

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Predicar la palabra fue la tarea principal de Jesús. ¿Quién lo duda? En consecuencia, instituyó a doce para que estuvieran con él, y enviarlos a predicar con el poder de expulsar a los demonios (Marcos 3:14).

La comunión con él sería la preparación; los signos posteriores serían credenciales para testificar el mensaje; la tarea por realizar era ¡predicar! Y cuando el Maestro quiso reducir a la forma más breve posible la misión que encomendaba a sus apóstoles, dijo simplemente: Vayan y prediquen (Marcos 16:15).

Predicar la palabra tiene su primacía y esta fue entendida y practicada celosamente por la Iglesia primitiva. Las citas y referencias serían interminables. Deseo rescatar una que debería ser el lema de todos los seminarios, y presidir el cuarto de trabajo de todo consagrado (Hechos de los Apóstoles 6:4).

La historia y el magisterio de la Iglesia confirman que la predicación es el principalísimo ministerio del sacerdote. El Concilio Vaticano II ha declarado: (…) los presbíteros, como colaboradores de los de los Obispos, tienen el compromiso antes de nada el anunciar a todos el Evangelio de Dios.

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No puede ser de otra manera. El justo vive por la fe (Romanos 1:17), ya que sin la fe es imposible agradarle (Hebreos 11:6). Pero la fe proviene de la predicación de la Palabra de Dios. ¿Cómo invocarlo sin creer en él? ¿Y cómo creer sin haber oído hablar de él? ¿ Y cómo hablar de él, si nadie lo predica? La fe, por lo tanto, nace de predicar la palabra de Dios.

La predicación constituye el fundamento de la vida cristiana, el principal ministerio de la Iglesia, el que engendra al hombre para Cristo (1 Corintios 4:15), y continúa engendrándolo hasta que Cristo no se haya configurado con él (Gálatas 4:19). El predicador ha de sentirse como una madre que alimenta y cuida a sus hijos.

Al Predicar La Palabra, El Sacerdote Se Convierte En Embajador De Dios

El Sacerdote no es sólo un portador de Cristo, es decir, alguien que le presta su voz, sino también un embajador suyo, en el sentido más estricto: cuando predica la palabra de Dios a través de la homilía, habla en su nombre y desempeña ante los hombres, sus veces. También para él es verdad que la predicación del evangelio le ha sido confiada, que ha recibido la gracia del apostolado para promover la obediencia a la fe, que la predicación es un cometido que le ha sido confiado al margen de su propia iniciativa y, por consiguiente, que predica urgido por una necesidad imperiosa.

Sobre todo, en el momento de la homilía, debe experimentar la alegría de sentirse ministro del evangelio y partícipe privilegiado del dinamismo de Pentecostés. Predicar la palabra de Dios es su vocación primordial, su identidad profunda, su gozo.

Para predicar la palabra en el ministerio sacerdotal, el presbítero, es profeta: por lo tanto no tiene más remedio que “hablar”. No hay posibilidad de excusa o de mudez. En consecuencia, no tiene alternativa: si debe hablar, debe aprender a hablar. Para decidirse, es necesario valorizar este primer deber y darle la prioridad que le corresponde.

¿Será exagerado sostener que, para muchos sacerdotes, la predicación es “una actividad más”, para cuya preparación, generalmente, “no hay tiempo”? Sin embargo, desde el breve comentario a la palabra de Dios, hecho en una reunión parroquial, hasta el más solemne sermón, pasando por la asidua homilía, ¿qué hace el sacerdote, sino predicar la palabra, es decir, cumplir su misión profética? El Verdadero significado de predicar la palabra es ser heraldo de Dios.

Existe el riego de pensar que para predicar la palabra de Dios, basta con una cierta habilidad natural y la gracia de estado.

La gracia supone la naturaleza -ha sentenciado san Agustín- y no la destruye, sino que la perfecciona. El orden sobrenatural está ligado a los medios naturales, a las causas segundas. El arte y la técnica de oratoria, puesta al servicio de la predicación es una verdadera causa instrumental de la eficacia de la Palabra de Dios.

La Negligencia En La Predicación Por Falta De……

La Palabra de Dios, por sí misma, es un sacramento, no la palabra humana del sacerdote, que, si no la sabe emplear, corre el riesgo de oscurecer, desdibujar, tornar inoperante, cuando no irrisoria, la Palabra de Dios.
Dios ciertamente suple nuestras humanas deficiencias y limitaciones. Pero si, por negligencia, por presunción o por una falsa confianza en el Espíritu, somos inoperantes e incapaces, ¿podremos esperar que un Dios mágico corra a auxiliarnos en la predicación de la palabra?.

A la piedad y a la virtud debe ir unida la ciencia, pues es claro y está demostrado, por una constante experiencia, que en vano se esperará predicar la palabra de Dios de una manera sólida, ordenada y fructuosa, de parte de aquéllos que no se han nutrido con buenos estudios, principalmente sagrados, y que, confiados en cierta locuacidad natural, suben temerariamente al púlpito con poca o nada preparación.

Estos predicadores, ordinariamente, no hacen otra cosa que azotar el aire y atraer, sin advertirlo, sobre la divina palabra el desprecio y la irrisión; por lo cual a éstos les cuadra enteramente aquella sentencia: “Porque tú has rechazado el conocimiento, yo te rechazaré a ti para que no ejerzas mi sacerdocio”.

Esta precisa y contundente reflexión, procede de la ex Congregación de Ordinarios y Religiosos y está fechada el 31 de julio de 1894 (hace más de 100 años!), en una época en que el sacerdote tenía, casi, el monopolio de la palabra.

¿Qué decir en nuestra actual situación, donde los “profesionales” de la palabra abundan en todos los ámbitos y donde el sacerdote debe competir dentro de la “civilización de la imagen”?

Predicar de la palabra de Dios exige santidad; reclama sabiduría; demanda también dominio del arte de la comunicación. En tiempos menos conflictivos que los nuestros, escribió Fray Luis de Granada (+ 1588):

En cuanto a mí, estoy del todo convencido de que no hay nada más indigno que esta temeridad con que se entra en un ministerio tan grande, el más difícil de todos, sin preocuparse de instruirse antes en alguna regla o método que aseguren su cumplimiento digno y fructífero (Rethorica Sacra, lib. I, c. II).

Predicar la palabra de Dios con la debida dignidad y competencia, armar una predicación que honre a la Palabra de Dios y a la Asamblea, está al alcance de cuantos estén dispuestos a pagar el precio: tiempo y esfuerzo.

Articulo tomado del libro “Cómo Aprender A Predicar”, de Arnaldo Cifelli.

Con todo afecto, tu amigo y hermano.
Victor Hugo.

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