Para Predicar La Palabra De Dios ¿Se Debe Practicar La Humildad?

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Seguimos estudiando el perfil del predicador, en esta oportunidad veremos la humildad como cualidad importante en todo predicador. La palabra humilde viene de la raíz latina humus, que significa la parte fértil del suelo. Es en el humus donde la semilla da buenos frutos. Haciendo una transposición de significados, podemos decir que el predicador humilde es aquel cuyo corazón es humus para acoger la semilla del Reino, que es la Palabra de Dios.

Se conoce la calidad del corazón del predicador, si él tiene humus o si es terreno pedregoso, por los frutos de humildad que produce. Estos frutos se ven reflejados al momento de predicar la palabra de Dios, para citar solamente algunos, diremos que estos frutos son la paz, la mansedumbre, el perdón, la renuncia a sí mismo, la aceptación de la propia cruz.

Predicar La Palabra | El Predicador Humilde No Es Celoso

El predicador que tiene humus en su corazón no es celoso, sabe que nada le pertenece en este mundo. Tiene la conciencia de que él es un mero administrador de los bienes que Dios le ha concedido, sean bienes materiales o espirituales. Por eso es desapegado de las cosas seculares. Hace de los bienes materiales medios para alcanzar los celestiales.

En este aspecto del perfil del predicador, queda evidenciado que él no busca los propios intereses (Cf. Catechesi tradendae, 6 y Evangelii nuntiandi, 32),  y tampoco es celoso como Caín (Cf. Génesis 4,1), sino que tiene una humildad genuina para predicar la palabra; él es consciente de que toda gloria, todo elogio, todo aplauso es para el Señor.

Un episodio en la vida de San Vicente de Paúl demostró que él poseía esa humildad genuina.

Un día él se dirigió a un bar a pedir ayuda para sus decenas de niños, huérfanos de guerra, que estaban pasando hambre. Al extender su mano para pedir, recibió en ella, de parte de uno de los que allí estaban, una escupida.

Sin perder la calma, él sacó un pañuelo, recogió aquello con cuidado, y lo guardó en seguida en el bolsillo. Después se dirigió a todos nuevamente: “¡Esto es para mí, muchas gracias! ¿Pero qué pueden dar ustedes para mis niños que pasan hambre?”. El resultado es que todos, profundamente conmovidos, contribuyeron generosamente. En este pasaje queda evidenciado la humildad que debe manifestar el predicador, esta humildad le faculta para predicar la palabra de Dios con amor.

Qué Dice Dios De La Humildad

Jesús nos enseña a ser mansos y humildes de corazón (Mateo 11:29), esto quiere decir que para predicar la palabra de Dios tenemos que reconocer nuestras limitaciones, muchos predicadores eventualmente por memorizar unos cuantos textos Bíblicos ya se creen los mejores, el orgullo se manifiesta, la jactancia se deja ver. Jesús nos enseña que la humildad y la mansedumbre, esta tiene que ver con dejarse poner la mano, es decir dejarse enseñar.

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Predicar La Palabra Con Humildad

Los que servimos en el ministerio de la palabra, siempre tenemos algo que aprender, nunca podemos pensar que hemos alcanzado la cúspide en la predicación. Ser humilde es saber reconocer nuestras virtudes para ponerlas al servicio de los demás y nuestros defectos para corregirlos.

Caín mató anticipadamente a Abel en su corazón a partir del momento en que no se alegró por la realidad de que Dios había bendecido a su hermano más que a él. Por el contrario, Caín quedó irritado, pues quería que las atenciones se dirigieran tan sólo para él, sin importarle que, si su hermano era gratificado por Dios, él, en cierta forma, sería beneficiado por la presencia de Dios en su hermano Abel. Caín no poseía la humildad genuina de alegrarse con los favores de Dios para con su hermano. Ver además: “Cómo Predicar La Palabra De Dios Siendo Amigo Íntimo De Dios”.

Para predicar el evangelio se debe considerar este aspecto, pues fácilmente el predicador corre el mismo riesgo de Caín. Es la tentación, en vez de mostrar a Jesús en su predicación, de atribuir todos los méritos a su persona. El predicador tiene que ser consciente de que es una saeta lanzada por el Señor, como el marinero de centinela que, al divisar la tierra, grita desde lo alto del mástil: “Tierra a la vista”.

Es claro que, al oír la palabra del marinero, todos los ojos se volverán hacia el lugar que él señala. Ninguno quedará con los ojos sueltos hacia el marinero centinela, sino hacia lo que él anuncia.

El predicador que anuncia el evangelio, apunta hacia Jesús.

En cierta ocasión un predicador comenzó a reclamar a Dios, pues la sala en la que él siempre iba a predicar la palabra, en aquel seminario, quedaba casi vacía, al paso que la del predicador del lado, bastante ungido, permanecía repleta. El Señor respondió a sus lamentaciones celosas, propias de quien necesita humildad:

“¡Agradézcame a mí, pues él está de nuestro lado!”. Debemos estar siempre prontos a tener la cara del verdadero siervo que reconoce al hermano, ser despegados del orgullo, saber respetar al hermano, apoyarlo en su caminar y estar agradecidos a Dios por el don a Él concedido.

Cuando Jesús invitó al joven rico (Marcos 10:17) a que lo siguiera, exigió de él dejar de lado sus bienes materiales. La exigencia fue mucho para él. Su respuesta fue dar las espaldas a Jesús y retirarse abatido. Su corazón no era humilde. En él la Palabra de Jesús no daba frutos.

En el camino de la evangelización Jesús desea sustituir nuestros antiguos valores. Al corazón humilde, El lo libera de la búsqueda desenfrenada de las glorias del mundo, con sus placeres y seducciones.

La Recompensa De Un Predicador Humilde

Un día san Pedro interpeló a Jesús sobre cuáles serían las recompensas de aquellos que lo dejan todo para seguirlo. Pedro, que había dejado la profesión de pescador de peces para ser un pescador de hombres, quería saber qué galardón lo aguardaba. Jesús le hizo una promesa que, desde el inicio, debe haber dejado a Pedro eufórico, pues la promesa es que recibiría, ya en este mundo, cien veces más. Sin embargo, antes del final de la respuesta, debe haber tenido una sorpresa. Veámosla (Marcos 10:29-30).

¡Quien ha entrado en el ministerio de la predicación pensando que va a tener una vida tranquila y sosegada, está muy engañado! Quien recibe la gracia de este ministerio sabe que tendrá que renunciar a muchas cosas para seguir al Maestro, que tendrá que crucificar su hombre viejo para asemejarse a Jesús. Tendrá que renunciar y, de alguna manera estar clavado en la cruz de Cristo.

El que quiere predicar la Palabra debe estar primero clavado en la cruz de Cristo, como el Espíritu Santo nos pide por el ministerio de Pablo (Gálatas 2:19-20).

A veces sin cálculo, también hoy, los predicadores deben perdonar calumnias, injurias, difamaciones, injusticias de todo orden contra su persona o contra sus seres queridos. Ese perdón será posible si el predicador recibe del Espíritu Santo el don de la humildad, el don de tener un corazón lleno de humus para acoger y predicar la palabra de Jesús.

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Con todo afecto tu amigo y hermano.

Victor Hugo

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