Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen

Lectura Bíblica: Evangelio según San Lucas 23,33-34 Cuando llegaron al lugar llamado la Calavera, crucificaron allí a Jesús y también a los malhechores, uno a la derecha y el otro a la izquierda. Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Reflexión Católica

Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”, es una expresión que tiene un profundo mensaje de amor, no lo dijo una vez, la dijo varias veces, este gesto de amor en medio de una serie de blasfemias, insultos, silbidos del pueblo y las risotadas de los escribas y fariseos.

Sus enemigos le decían ¿Si eres el hijo de Dios, baja de la Cruz? entonces creeremos en ti y caeremos de rodillas a tus pies, y dirigiéndose a la chusma añadieron ¿Veis cómo teníamos razón? ¡Veis cómo no era más que un hechicero y embaucador!

Nuestro Señor bien hubiese podido ordenar a la tierra que se abriera y hundir para siempre en el infierno a aquellos energúmenos, precisamente entonces, «Jesús decía: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen».

Al reo condenado a muerte no se le niega nada en la última hora. A un hijo que va a morir… ¿qué se le podrá negar? Jesucristo quiere conmover a su eterno Padre. Y dirigiéndose a Él le dice con inefable ternura:

«Padre, perdónalos». Jesucristo les reconoce culpables, por eso pidió perdón por ellos. El mundo no conocía el perdón. Sé implacable con tus enemigos», decían los romanos, el perdón era una cobardía: «Ojo por ojo y diente por diente», era la ley del talión que todo el mundo practicaba.

Y sin embargo el perdón es el amor en su máxima expresión, es fácil amar; es heroico perdonar, pero hay un heroísmo superior todavía al mismo perdón. Escuchad.

¿Qué no saben lo que hacen? Pero si en aquella mañana de primavera, cuando te presentaste delante de Juan el Bautista y te bautizó en el río Jordán se abrieron los cielos sobre ti y apareció el Espíritu Santo en forma de paloma y el pueblo entero oyó la voz augusta de tu Eterno Padre, que decía: «Este es mi Hijo muy amado en el que tengo puestas todas mis complacencias. Escuchadle».

¿Que, no saben lo que hacen? Pero si te han visto caminar sobre el mar como sobre una alfombra azul festoneada de espumas, ¿Que, no saben lo que hacen? Pero si fueron cinco mil hombres, sin contar las mujeres ni los niños, los que alimentaste en el desierto con unos pocos panes y peces que se multiplicaban milagrosamente entre tus manos. ¿Que, no saben lo que hacen? Pero si hasta tus discípulos se estremecieron de espanto cuando te pusiste de pie en la barca, azotada por furiosa tempestad e increpando al viento y a las olas pronunciaste una sola palabra: ¡Calla!,., y al instante el mar alborotado se transformó en un lago tranquilo, suavemente acariciado por la brisa. ¿Que, no saben lo que hacen? Pero si en todas las aldeas y ciudades de Galilea, de Samaria y de Judea has devuelto la vista a los ciegos y el oído a los sordos y el movimiento a los paralíticos, delante de todo el pueblo que te aclamaba y quería proclamarte rey. ¿Que, no saben lo que hacen? Pero si en medio de ellos están aquellos diez leprosos—carne cancerosa, bacilo de Hansen…—y una sola palabra tuya, bastó para transformar su carne podrida en la fresca y sonrosada de un niño que acaba de nacer.

¿Que, no saben lo que hacen? Si te han visto resucitar a la hija de Jairo, todavía en su lecho de muerte, y al hijo de la viuda de Naím cuando le llevaban al cementerio. Y hace unos pocos días, a cinco kilómetros de Jerusalén, te acercaste al sepulcro de tu amigo Lázaro, que llevaba cuatro días enterrado y putrefacto. Y no invocando a Dios, sino con tu propia y exclusiva autoridad, le diste la orden soberana: «Lázaro, yo te lo mando, ¡sal fuera!», y como un muchacho obediente cuando se le da una orden, inmediatamente el cadáver corrompido se presenta delante de todos, lleno de salud y de vida. ¡Y lo vieron los judíos, y lo vieron igualmente los príncipes de los sacerdotes, de tal manera que pensaron quitar también la vida a Lázaro, porque muchos creían en Ti por haberle resucitado de entre los muertos! ¿Cómo dices ahora que no saben lo que hacen? ¡Señor! Eres la suprema Verdad, tenemos que creer lo que nos dices, pero esto nos resulta muy difícil de entender. ¡Vaya que sí sabían lo que hacían!

Anoche tuviste la osadía y el atrevimiento inaudito de decirle al príncipe de los sacerdotes que eras el Hijo de Dios; pero mucho antes habías tenido la osadía y el atrevimiento infinitamente mayor de demostrarlo plenamente. Eres el Hijo de Dios: lo habías demostrado hasta la evidencia. ¿Cómo dices, Señor, que no saben lo que hacen?
Y sin embargo, tienes razón. Señor. En realidad, en el fondo, no sabían lo que hacían aquellos desgraciados. No sabían lo que hacían, como no lo sabemos tampoco nosotros.
Porque tened en cuenta que Nuestro Señor Jesucristo, con su ciencia infinita, ciencia de Dios para la cual no hay futuros, ni pretéritos, sino un presente siempre actual, delante de la cruz nos tuvo presente a cada uno de nosotros. Con tanto lujo de detalles, con tanta precisión en los matices como si no tuviese delante más que a uno solo de nosotros.
Y el Señor levantó su mirada al cielo y pidió perdón no sólo por aquellos escribas y fariseos, sino por cada uno de nosotros en particular.

Pensó sin duda alguna en mí y pensó concretamente en ti cuando repetía muchas veces, según el Evangelio: «Padre, perdónalos que no saben lo que hacen».

No sabemos lo que hacemos, efectivamente.

¡Muchacho que me escuchas! Cuando te decides a pecar deliberadamente en la fornicación, en el vicio del alcohol y la droga, en la pornografía, en el placer del sexo, en el amor al dinero ¡no sabes lo que haces! Y tú, muchacha: la que te presentas elegantísimamente desnuda en aquella fiesta de noche. La que eres saludada y aclamada como reina de la fiesta en aquel ambiente de pecado, y ríes y gozas y te sientes feliz… ¡pobrecita!; ¡no sabes lo que haces! Y aquel padre de familia que pisotea las leyes del matrimonio y tasa a su capricho la natalidad, que no se preocupa de la educación de sus hijos, que se dedica solamente a sus negocios lícitos o ilícitos: ¡no sabe lo que hace!

Y tantos y tantos otros como pudiéramos recordar recorriendo cada uno de los pecados en particular; cuando pecando nos apartamos de la ley de Dios, en realidad tenía razón Nuestro Señor Jesucristo: no sabemos lo que hacemos: ¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen! Jesucristo no solamente perdona, no solamente olvida, lo que ya sería heroico; Jesucristo excusa y esto ya es el colmo del amor y del perdón, le pide al padre que los perdone porque no saben lo que hacen.

Lección de perdón

Lección soberana dada por Nuestro Señor Jesucristo en lo alto de la cruz. Lección dura, a muchísima gente le resulta duro el sexto mandamiento, el séptimo, la honradez, la justicia social, etc., etc. ¡Ah!, pero sobre todo, ¡qué duro resulta perdonar! cuando se ha metido en lo hondo del corazón el odio y el espíritu de venganza; cuando en virtud de aquel pleito, de aquella herencia, de aquella discusión acalorada… la familia queda destrozada y el padre ya no se habla con el hijo, y los hermanos no se hablan entre sí… ¡por unas miserables pesetas que se estrellarán un poco más tarde sobre la losa del sepulcro!… Cuando se les ha metido el odio y el rencor en el alma, ¡qué difícil perdonar!…

Por eso Nuestro Señor Jesucristo nos lo recordó en la cruz. La doctrina del Evangelio, señores. Cristianismo íntegro. La doctrina del Evangelio. ¡Cuántas veces lo repitió Jesucristo a lo largo de su predicación! Enseñó la necesidad imprescindible de perdonar si queremos obtener para nosotros el perdón de Dios:

«Amad a vuestros enemigos, orad por los que os persiguen y calumnian, devolved a todos, bien por mal. Porque si sólo amáis a vuestros amigos, ¿qué recompensa merecéis? ¿No hacen eso también los publícanos? y si solamente saludáis a vuestros hermanos y amigos, ¿qué tiene eso de particular? los mismos paganos lo hacen. Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto».

«Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia». «Con la misma medida que midiereis a los demás seréis vosotros medidos». «Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores» ¡estás leyendo tu sentencia de condenación, tú que rezas el Padrenuestro sin querer perdonar! «Señor, ¿hasta cuántas veces tengo que perdonar?, ¿hasta siete veces?. No, sino hasta setenta veces siete», o sea, siempre que tu hermano te ofendiere, sin tope ni límite alguno.
«Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». Esta es la doctrina de Jesucristo: clara, terminante, ineludible» ¡Maravillosa doctrina que el mundo no estaba acostumbrado a oír! Qué bien la entendieron, qué bien la llevaron a la práctica los grandes discípulos del Crucificado, un San Esteban, el protomártir, que cuando le estaban apedreando ve que se le abren los cielos y lanza aquella sublime exclamación imitando al divino Maestro: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado». Y después de San Esteban, tantos y tantos millones de mártires como han dado testimonio de Cristo perdonando de todo corazón a sus verdugos.

Como aquel sacerdote de la gloriosa Cruzada Nacional, que cuando estaban a punto dé fusilarle,, dijo; «Esperad un momento, esperad un momento nada más. Concededme esta dicha suprema de poderos bendecir. Os bendigo con toda mi alma. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»,

Hay que perdonar, es muy duro, pero fíjate bien, tú que odias, tú que te niegas a perdonar, si esa persona que te ha ofendido a ti injustamente (voy a suponer que tienes tú toda la razón del mundo), si esa persona que te ha ofendido se arrepiente de su pecado y le pide perdón a Dios, se salvará aunque tú no le quieras perdonar. Le puede importar muy poco que tú le perdones o le dejes de perdonar, en cambio tú, que no le quieres perdonar (fíjate bien, no te eches tierra en los ojos para no ver estas cosas tan claras, fíjate bien), ¡te vas a condenar para toda la eternidad! Y si no tienes el valor de llegar hasta el supremo heroísmo de Nuestro Señor Jesucristo pronunciando su fórmula, que no solamente perdona, que no solamente olvida, sino que incluso excusa al culpable, al menos pronuncia esta otra que es absolutamente indispensable para obtener la salvación eterna de tu alma: «¡Padre, perdónalos aunque sepan lo que hacen!».

Pidamos al Señor que nos de la humildad, el amor y la fortaleza para perdonar y para pedir perdón no solo en la semana santa sino siempre, que el perdón sea una práctica de vida, que el Señor los bendiga.

Atte. Hno. Victor Hugo Redrován.

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