María en la mente de Dios

Maria en la mente de Dios

Jesucristo vino al mundo por medio de la Santísima Virgen, y por ella debe reinar también en el mundo. María siempre estuvo en la mente de Dios, ha estado muy oculta en su vida; por esto el Espíritu Santo y la Iglesia la llaman “Madre oculta y escondida”. Su humildad fue profunda en tanto grado, que mientras vivió en la tierra, jamás tuvo otro afán tan poderoso y continuo como el de ocultarse a sí misma y a todas las criaturas, para ser conocida sólo de Dios. Dios accediendo a las súplicas que ella le hizo de que la ocultase, empobreciese y humillase, quiso que su concepción, nacimiento, vida y misterios, resurrección y asunción estuviesen sin manifestarse a la casi totalidad de las criaturas.

El Padre a pesar de haber comunicado su poder convino en que durante su vida, no hiciera María ningún milagro, al menos estupendo o notorio. El hijo no obstante haberla comunicado su sabiduría, le permitió que casi jamás hablara palabra, y el Espíritu santo, con ser ella su esposa fidelísima, convino en que los apóstoles y evangelistas dijesen de ella muy poco y esto en cuanto fuese necesario para dar a conocer a Jesucristo.

María en los pensamientos de Dios

María en los pensamientos de Dios

María que estuvo siempre en la mente de Dios, es la excelente obra del Altísimo, es la madre admirable del hijo, quien en su corazón la apreciaba y amaba más que a todos los ángeles y hombres.
Desde cuando Dios pensó en glorificar a su hijo, ha pensado también en la Madre que le iba a servir como puente por el cual Él desde su divinidad iba a bajar a la humanidad.
Dios hubiera podido servirse de otras formas o normas para llevar a cabo este plan divino; pero escogió la manera humana para que su hijo se asemejara en todo al hombre “menos en el pecado” (Hebreos 4,15). Y es propiamente esta circunstancia menos el pecado, la razón que da a María el máximo privilegio entre todas las mujeres.
María en la mente de Dios, una mujer pura no solamente en el alma, sino también en el cuerpo para que el Salvador del género humano asumiera una carne pura e inmaculada. Pues sería un sacrilegio el solo pensar que el cuerpo de aquel que “iba a quitar el pecado del mundo” (Juan 1,29) estuviese manchado o unido a una carne manchada; o que aquella sangre que iba a ser derramada para la remisión de los pecados (Mateo 26,29) trajera origen de una mujer contaminada. En tal caso no hubiera sido posible la redención.

Para entender a Jesús, en la profundidad de su ser humano, y seguirle, nos ayuda la presencia materna de María, su mamá. En el momento culminado de su vida colgado en la cruz, Jesús tiene un último gesto de amor hacia quienes habían aceptado seguir su camino: a ellos pide que reciban en su casa a su misma mamá, y a ella pide que les ayude a crecer como sus discípulos/as con el mismo cariño con que había ayudado a Él a crecer y a prepararse para la misión del reino.

María siempre estuvo en la mente de Dios, no podemos ser discípulos, misioneros de Jesús, sin acoger a María en nuestra casa, en nuestra comunidad, para que ella nos inicie y nos acompañe a vivir nuestro discipulado.

Con su presencia a nuestro lado y con su ayuda materna esperamos:

  • Reproducir en nosotros los sentimientos y actitudes de Jesús;
  • Revivir en nuestras comunidades el ambiente de fe, y de identificación con los marginados, que caracterizó el hogar de Nazaret;
  • Sentir la presencia resucitada de Jesús entre nosotros, como compañero de camino hacia el reino.
  • Aprender de ella la disponibilidad continua a la voluntad de Dios.

Que la gracia de Dios los acompañe siempre.

Con todo mi afecto.

Hno. Victor Hugo Redrován

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