Lo que se gana con una buena CONFESIÓN

En el hospital estaban tratando de una úlcera al estómago a una señora muy nerviosa, pero todos los tratamientos resultaban inútiles. La glándula pituitaria (esa que está detrás de la nariz y que a cada pensamiento angustioso que tengamos segrega un ácido corrosivo) seguían enviando ácidos que llegaban al estómago y recrudecían la úlcera. Al fin uno de los médicos le dijo al sacerdote capellán: “Padre, yo creo que esa enferma debe tener algún pecado sin perdonar y que le atormenta , y mientras ella sufra de “complejo de culpa” será imposible su curación, es necesario que haga una buena confesión ¿Quiere confesarla? El sacerdote le dijo a la enferma: ¿Desea confesarse? – No Padre –  ¿Por qué? – porque mis pecados son tan grandes que Dios ya no me perdona – ¿Pero cómo no le

va a perdonar si Jesucristo el hijo de Dios se dejó crucificar para pagar con su sangre sus pecados? Si Jesús dijo que Él no vino a buscar santos sino pecadores y que en el cielo hay más alegría por un pecador que se convierte que por 99 santos que no necesitan conversión.  – Ah Padre – exclamó la enferma, yo no me confieso, porque usted se escandalizaría de mis pecados. Jamás, jamás, respondió el sacerdote. Nosotros hemos tenido que oír tantas maldades, y la Santa Biblia nos dice que aunque los pecados sean rojos como la tela más roja del mundo, si la persona está arrepentida, Dios dejará su alma completamente blanca. ¡Padre, pero es que no estoy preparada! no podría hacer una buena confesión – Bueno – dijo el capellán, yo le ayudaré a prepararse. Y le fue enseñando los métodos, y al tercer día la confesó detenidamente, con toda paz y tranquilidad. Cuando la mujer terminó la confesión estaba llorando de emoción, y llena de entusiasmo y de paz exclamó: “Padre, siento un descanso tan grande, como si me hubieran quitado un camión de 50 toneladas de mis hombros”. A los quince días se encontró el sacerdote con el médico y le preguntó: Doctor ¿y la señora de la úlcera? Padre, ya se fue curada. Lo único que su úlcera necesitaba para cicatrizar era que ella se viera libre del “complejo de culpa”, por medio de una buena confesión. “Ahora que se ha sentido perdonada, ya su pituitaria, no le segregó más ácidos, sino las hormonas curativas que esa glándula produce cuando se tiene pensamientos positivos y alegres”. La confesión la curó de alma y cuerpo.

Cuando andamos por la vida llevando al hombro el cadáver podrido de nuestros pecados sin perdonar, y no dejamos ese cadáver en el confesionario, por medio de una buena confesión, es ahí cuando nuestra conciencia no nos deja vivir en paz, el sentimiento de culpa se apoderará de nosotros, eso nos irá consumiendo cada día. Un día un hombre gritó a San Benito Labre que vestía como un pordiosero: “Usted es un desdichado”, y San Benito le respondió: “No soy desdichado, soy pobre pero no desdichado. Los únicos desdichados son los que viven en pecado”. ¿Quiere usted no ser un desdichado? pues le invito a que haga un examen de conciencia, reconozca sus faltas, puede haber algún sentimiento de culpa en su vida, que no le permite tener paz, descargue todos estos sentimientos negativos en el confesionario, haga una buena confesión, que le traerá a usted más paz y alegría que si hubiera tomado 3 frascos de remedios para los nervios, no me crea, solo haga la prueba. Se sentirá verdaderamente feliz, de cuerpo y de espíritu.

Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados y se reconcilian con la Iglesia  (Catecismo de Juan Pablo II No. 1422).

Que Dios los bendiga.

Atte. Victor Hugo Redrován

boletin-de-predicas
Ayúdame a difundir este mensaje, compártelo.....

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


*