La Hipocresía – ¿Porqué Jesús Condena La Hipocresía?

De la Primera carta de san Pablo a los Tesalonicenses 2, 9-13: San Pablo nos comparte como, por su santidad y coherencia de vida, tiene la autoridad para exhortar a los fieles, con palabras suaves y enérgicas, a que lleven una vida conforme la voluntad de Dios, esto es, una vida en justicia y rectitud, respetando los mandamientos y siendo misericordiosos. Y esto es precisamente lo que denuncia Jesús de los escribas y fariseos, quienes “exteriormente parecen justos, pero interiormente están llenos de hipocresía y de maldad”.

La Hipocresía Que condena Jesús

Del Evangelio según san Mateo 23, 27-32: Jesús sigue reprendiendo el pecado de hipocresía. Parecer por fuera lo que no se es por dentro, como había condenado los árboles que sólo tienen apariencia y no dan fruto. Aquí desautoriza a las personas que cuidan su buena opinión ante los demás, pero dentro están llenos de maldad.

Será esta hipocresía y maldad precisamente la que los mueva a condenar a Jesús, porque en su “aparente justicia y cumplimiento de la ley” no pueden soportar la presencia del profeta que pone al descubierto sus maldades. Se venera siempre al profeta (al santo) sólo cuando se lo ha quitado de en medio. Ésta es también la verdad que aqueja a la sociedad actual, incluso dentro de la misma Iglesia. El hombre justo y honesto siempre será un obstáculo para los mezquinos intereses de aquellos que buscan ascender mediante la injusticia y la impunidad. Y cada vez que cerramos los ojos a esta realidad, permitiendo la injusticia y la corrupción, nos convertimos en cómplices del mal, en contradictores del mensaje liberador del Evangelio.

Hipocresía y Maldad

Hipocresía y Maldad

¿Se nos podría achacar algo de esto a nosotros? ¿No estamos también preocupados por lo que los demás piensan de nosotros, cuando en lo que tendríamos que trabajar es en mejorar nuestro interior? Sabemos que Dios conoce nuestro interior y no podemos engañarle, por ello vale más ser transparentes ante Dios que aparentar lo que no somos ante los hombres. ¿Sería muy exagerado tacharnos de sepulcros blanqueados?

Todos los bautizados somos llamados a la santidad. El camino de la perfección pasa por la sinceridad de vida. No hay santidad sin autenticidad. Hemos de proponernos vivir según esta norma de vida: la verdad. Para ello hay que rechazar toda malicia, todo engaño e hipocresía. Hemos de huir de los juicios temerarios sobre los demás; de la maledicencia que nos hace manifestar las faltas de los otros; de la doblez de vida, etc.

Todas nuestras acciones han de estar movidas más bien por la caridad y por el respeto a la verdad. Cristo nos pide una santificación que transforme todo nuestro ser, quiere de nosotros una fe que toque en la profundidad de nuestros actos. Esta santidad se logra en la vida cotidiana de la familia y del trabajo, en las cosas sencillas de todos los días. Busquemos que cada día esté lleno de la pureza de intención. Pidamos a Dios que nos haga hombres y mujeres de la verdad, a fin de alcanzar la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.

Con todo afecto Hno. Victor

 

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