Homilía Dominical – La Intimidad Del Dios Trinitario

homilia dominical, el misterio trinitario

Homilía Dominical – (Exódo 34, 4-6, 8-9) Es llamativo el conjunto de calificativos que son comunicados a Moisés para que se haga una ¡dea de quien es su Dios. Moisés realiza la experiencia de pronunciar el nombre del Señor, quien a su vez le revela su intimidad: “Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel”. Dios revela su nombre y su misterio personal a los que creen en Él. Por eso no se puede usar mal su nombre. Quien como Moisés conoce la intimidad de Dios que el nombre revela, le solicita su permanente presencia en medio de su pueblo.

La mención como Señor apunta hacia la soberanía del Todopoderoso, pero de inmediato parece que se solapan los adjetivos para destacar la dimensión de amistad generosa, que disculpa y espera, que promete y se mantiene fiel a las promesas.

El texto expresa de manera muy gráfica (descendió, pasó delante) la cercanía de Dios para que le podamos reconocer y entender. Este aspecto alcanza su plena dimensión en el envío del Hijo, que asume la naturaleza humana para ponerse enteramente en nuestro plano. Se completa con el envío del Espíritu Santo, que nos recuerda cuanto mostró Jesús y nos da la fuerza vital necesaria para sostener una nueva forma de existir.

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El Misterio Trinitario

Homilía Dominical (2da. Corintios 13, 11-13)  Tres palabras definen la intimidad del Dios trinitario: gracia, amor, comu­nión, y Pablo desea que éstas estén siempre en la comunidad creyente de Co­rinto. Es el Dios que permanece en medio de ella, es la presencia viviente de Dios, es el Dios cuya invocación de su nombre santifica al creyente, es el nom­bre que se invoca cada vez que se inicia un acto litúrgico o religioso.

El Dios que revela su intimidad, que está en medio de la comunidad, es el Dios de la donación del Hijo. En efecto, el texto griego de Juan 3, 16 dice que Dios dio su Hijo al mundo. Su amor extremo “tanto amó” se describe como un don, el de su único Hijo. Jesús mismo será don para la vida del mundo cuando “dé” su vida, se entregue a sí mismo por la salvación del género humano.

La solemnidad de la Trinidad es motivo de contemplación del Dios que re­vela su intimidad a quienes considera dignos por la fe, a quienes desean los efectos de su presencia en la comunidad, a los que, día a día, van entregando su vida como don de Dios para la salvación. No es una solemnidad externa sino profundamente ligada a la realidad humana, capacitando para ser don de Dios en medio del mundo. Abramos nuestro ser a la acción continua y presente del Dios que se hace camino en medio de la historia del ser humano para en ella revelarse salvando y amando.

No se trata de una explicación para consumo personal, o para compartirla con algunos iniciados. De pronto puede ser fascinante escuchar a un especialista en moluscos de mares fríos o en la forma de reproducción de algún virus. Pero la mayoría de la gente no llega a tener el menor interés en esos rebuscados conocimientos. ¿Podemos permitir que el misterio de la Santísima Trinidad entre en estas categorías?

Está en juego el amor que Dios mostró a Moisés. En él se cifra la salvación del mundo, esto es, la posibilidad de que este mundo nuestro participe de la felicidad de Dios, que nos es prometida en plenitud al final. Pero ya en el tiempo, la obra de Cristo se ha de manifestar en una naturaleza mejor cuidada, en unas sociedades y culturas donde no nos hagamos daño unos a otros, donde todo entre en continua mejora. A los cristianos nos toca una responsabilidad profunda para impulsar la formación de un mundo mejor.

Con todo afecto,

Hno. Victor

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