El legado de nuestro Señor

La fiesta de hoy forma parte del credo: “Y subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso”. No es que Jesús se va para siempre, si no que inicia el camino de la fe para sus discípulos, el legado de nuestro Señor es que usted y yo enseñemos a cumplir su mandato, con una clara promesa por parte de Él: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.

Los relatos de los evangelistas sobre el episodio de la Ascención del Señor a los cielos (Mateo 28, 16-20) manifiestan con claridad que no se encontraban todavía los discípulos con la deseable madurez en la fe. Lucas recuerda la última pregunta que le hizo alguno, incluso parece que fueron varios, esperanzados todavía en aquel reino que habían imaginado, donde serían sometidos a su dominio todos los pueblos de la tierra y ellos serían muy importantes. Preguntaron ellos si, por último, era en ese momento cuando se iba a restablecer la soberanía de Israel y el señor, más que dar una respuesta, los remitió al descenso del Espíritu Santo sobre ellos para que entendieran mejor las cosas . Mateo dice de una forma más directa que “algunos titubeaban”, no entendían aún la dimensión del legado de nuestro Señor, es decir, no estaban del todo convencidos acerca de su lealtad para con el Señor.

Es, sin embargo, coincidente en los evangelistas el envío que hace Jesús de los discípulos a anunciar el evangelio en el mundo entero (legado de nuestro Señor), desde ese momento hasta el fin del mundo. Aunque les faltara el espíritu y les sobraran dudas, la misión fue entregada y sellada. Todo el que recibe la fe participa de la misión de la Iglesia y es enviado por el mismo Cristo a “enseñar a cumplir todo cuanto yo les he mandado”. En esencia este representa el legado de nuestro Señor. Se advierte que no es el caso de un pequeño encargo que se les hace, sino de una dimensión imprescindible de la vida cristiana, de un dinamismo que brota de lo más hondo de la fe. Por eso, estando ellos atónitos viendo al señor que entraba en la nubes, los ángeles sacudieron su inercia con cierta rudeza:

“¿qué hacen ahí parados?”, les dijeron. Y me puedo preguntar también yo: ¿qué hago aquí parado?

Artículo tomado de la hoja dominical

Mons. Antonio Arregui

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